EDITORIAL
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Resumen
Dos de las principales preocupaciones que los países en vías de desarrollo siempre han tenido, ha sido disminuir el índice de analfabetismo e incrementar el número de lectores. En el primer objetivo se han logrado importantes avances, pero no así en el segundo.
Por ejemplo, durante los años noventa en El Salvador se llevó a cabo una exitosa campaña de alfabetización que mereció el reconocimiento de la UNESCO, pues bajó drásticamente el porcentaje de analfabetismo puro (quienes no saben leer ni escribir) y funcional (quienes sabiéndolo, casi nunca lo practican) del 53% al 25%. Sin embargo, al cabo de un par de años el analfabetismo combinado volvió a incrementarse a 55%; la razón: se trataba de neolectores (personas adultas recientemente alfabetizadas) y analfabetas funcionales a quienes les armaron bibliotecas con lecturas discordantes a su nivel comprensivo y contexto cultural.
En otros países con índices de analfabetismo relativamente bajos, entre ellos México (9.5%), incrementar el número de lectores ha ocupado mayor importancia en los programas educativos gubernamentales bajo la premisa de que “una práctica más intensa de la lectura es un medio insuperable de aprendizaje, información y desarrollo personal y social” (Programa Nacional de Cultura 2001-2006).