Espacio del Divulgador

Narrativas populares sobre desastres. El caso de Amecameca ante el riesgo volcánico del Popocatépetl

Popular narratives about disasters. The case of Amecameca, State of Mexico, related the volcanic risk of Popocatepetl

Anna María Fernández Poncela
Universidad Autónoma Metropolitana, México
Alejandra Toscana Aparicio
Universidad Autónoma Metropolitana, México

Narrativas populares sobre desastres. El caso de Amecameca ante el riesgo volcánico del Popocatépetl

CIENCIA ergo-sum, vol. 25, núm. 1, 2018

Universidad Autónoma del Estado de México

Recepción: 06 de septiembre de 2016

Aprobación: 14 de marzo de 2017

Resumen: Existen discursos y prácticas diversas de la población y el gobierno sobre un tema importante de política pública como es el de protección civil. En primer lugar se revisa la noción de riesgo según las ciencias sociales y las políticas de protección civil. En segundo, las miradas en torno al riesgo volcánico del Popocatépetl en Amecameca y se remarcan algunas narrativas populares sobre el tema que presentan cierta distancia del discurso científico técnico, lo cual se hace a través de los datos obtenidos de una encuesta y especialmente de entrevistas que se aplicaron a la población. Entre los resultados es posible ver la distancia entre miradas y discursos en relación con el riesgo del volcán.

Palabras clave: riesgo, volcán, narrativas populares, Popocatépetl, Amecameca.

Abstract: There are different speeches and practices told by people and government on an important public policy issue such as civil protection. First, in this paper, the notion of risk, according to Social Sciences is reviewed, as well as the civil protection policies. Secondly, the look around the risk around Popocatepetl volcano in Amecameca and some popular narratives that present some distance from the technical scientific discourse are remarked. This is done through some data and results from a survey applied in this place and interviews that were done among the population. The results indicate it is possible to see the distance between the expressions, glances and speeches regarding the volcano risk.

Keywords: risk, volcano, popular narratives, Popocatépetl, Amecameca.

Introducción

Aquí se trata la política de protección civil relativa al volcán Popocatépetl. De manera particular recogemos algunas narrativas populares, esto es, relatos y explicaciones locales. Amecameca es uno de los municipios más cercanos al cráter; no obstante, existen pocos estudios en torno al riesgo volcánico. Este artículo hace una revisión de las percepciones, pensamientos y sentimientos que la población local posee en torno al tema por medio de entrevistas y una encuesta. Una mirada diferente de la de la política y administración pública de la sociedad contemporánea ante la prevención de riesgos. Unas voces discrepantes que envuelven en un halo de misterio y magia el papel del volcán en el territorio y en el imaginario social.

Si bien una buena parte de la población coincide con los discursos gubernamentales de riesgo y prevención, existen algunos grupos que parten de la idea del volcán como un espíritu guardián y protector. Que si algo va a pasar, les avisará y, que en vez de sentir que se deben de cuidar de él, consideran que el Popo, como también se le conoce, los cuida. Se trata de una antigua concepción que liga al ser humano con la tierra de manera natural, y que en algunos grupos locales persiste pese a los cambios habidos en el lugar en los últimos años, tales como el crecimiento de la urbe, la influencia de los medios de comunicación, la inmigración de personas de otras localidades, la disminución de la producción agrícola, la deforestación e incluso la inseguridad.

En 2014 tuvo lugar la aplicación de una encuesta en Amecameca que abordó el tema de protección civil. Se preguntó directamente: “¿Qué es el Popo?” Más de la mitad de la población lo definió como “volcán o montaña”. Pero 7% lo señaló como “dador de agua y vida” y 2% como “un espíritu guardián”. Otra interrogante incidió directamente: “¿Usted qué opina? ¿El Popo nos cuida o hay que cuidarnos del Popo?” Un tercio (33%) afirmó que nos cuida, frente a 47% que dijo que hay que cuidarnos. [1] Por supuesto, se parte de la conciencia de que la encuesta y estas interrogantes están sesgadamente formuladas desde una mirada occidental, urbana y académica. Sin embargo, es posible a la hora del análisis y la interpretación ser más sensibles y flexibles en el sentido de intentar comprender, incluir y respetar las diferentes cosmovisiones que cohabitan en el lugar, hasta hace poco impregnadas de una cosmovisión campesina tradicional que ha conservado parte de una sabiduría ancestral por generaciones.

Dividimos el texto en tres secciones. Primero abordamos un breve marco teórico conceptual. En la segunda sección exponemos el caso empírico de Amecameca por medio de una encuesta y entrevistas, y recuperamos algunas narrativas en torno al volcán, al riesgo y su significado. Por último, presentamos las conclusiones y destacamos la necesidad de incorporar la diversidad cultural en la política de protección civil, así como la necesidad de establecer un diálogo entre las miradas comprometidas y distanciadas al riesgo volcánico del Popocatépetl.

1. El riesgo

En la percepción social del riesgo es importante la cuestión sociológica, ideológica y cultural. En este sentido Douglas y Wildavsky (1983) señalan cómo las actitudes, valores y creencias de un grupo social o de una institución dada tienen su importancia al incidir en lo que se considera o no riesgo. Cada comunidad en su contexto posee su mirada hacia el fenómeno según su historia y memoria, experiencia e interpretación. El riesgo, o quizás sería mejor decir su percepción, es considerado producto de elaboraciones sociales y cosmovisiones culturales según épocas y lugares. Todo ello en torno a las percepciones, interpretaciones, análisis y valoraciones, evaluaciones y consideraciones, repetimos, de carácter social y cultural. En cada contexto social destacan ciertos riesgos y se ignoran otros. Esta selección permite y refuerza la cohesión social, además de la importancia de la confianza (Douglas, 1996). Conocemos la característica pluricultural del país, donde diversas cosmovisiones conviven y no siempre se encuentran y dialogan. En algunas de éstas se parte de “conexiones entre trasgresiones morales y desastres como estrategias para proteger un conjunto de valores específicos que pertenecen a un estilo de vida particular” (Toscana, 2006: 138), tal es el caso de las interpretaciones de los pueblos de las Antillas y el Caribe sobre los huracanes, de las comunidades indígenas rurales del riesgo del volcán Popocatépetl en la década de los veinte y del Chichonal a principios de la década de los ochenta y más recientemente las de algunos sacerdotes de Coahuila sobre el tornado de Piedras Negras en 2008. Esto por no mencionar las diferentes reacciones en la república mexicana ante la contingencia sanitaria por la influenza en 2009 (Fernández Poncela, 2014), que en el caso de Amecameca llevó a hostigar y a realizar “limpias” a quienes llegaban del Distrito Federal ante la posibilidad de contaminar el lugar.

Por otra parte, el tema de la confianza también es destacado a la hora de la valoración de un riesgo. En este sentido Wynne (1993, 1995) subraya cómo las percepciones sociales se rigen en función de qué institución sea la responsable de gestionar el riesgo y de su prestigio, legitimidad, competencia, credibilidad y la confianza que ésta despierte entre la población. En este último caso se trata de las relaciones de confianza entre población e instituciones encargadas de la prevención y gestión de riesgos que filtran los juicios y valoraciones sociales. Luhmann (2006) y Lavell (2003) afirman en el mismo sentido que en cuanto a la gestión del riesgo se ha de tomar en cuenta a las personas afectadas y las instituciones responsables y sus diversos intereses, percepciones y acciones.

Según Hewitt (1996), el riesgo es la posibilidad de que un daño futuro ocurra. Se relaciona con la amenaza y la vulnerabilidad como potenciadores, así como la prevención y mitigación como los que lo podrían minimizar. La construcción social del riesgo es producto de la posibilidad de la amenaza y la condición o no de vulnerabilidad, física, económica y material, también ideológica, política y cultural (García Acosta, 2005). La amenaza multiplicada por la vulnerabilidad crea el riesgo que podría ser reducido con medidas preventivas y acciones paliativas después (Hewitt, 1996).

Al respecto, Wilches-Chaux (1993:17), en un texto clave aún vigente para comprender la construcción de los desastres en América Latina, recuerda que una comunidad existe en unas condiciones determinadas y un medioambiente natural y cultural. La amenaza se refiere a un fenómeno potencialmente peligroso que pueda incidir en una comunidad vulnerable. Y especifica en cuanto a vulnerabilidad que se trata de “la incapacidad de una comunidad para absorber mediante el autoajuste, los efectos de un determinado cambio en su medioambiente, o sea su inflexibilidad o incapacidad para adaptarse al cambio, que para la comunidad constituye[…] un riesgo”.

Aplicaremos estos conceptos a Amecameca. Este municipio cuenta con una población de 48 421 personas (INEGI, 2010). Se encuentra en el radio de influencia de actividad volcánica (riesgo alto y medio) del Popocatépetl, considerado como uno de los volcanes más activos del mundo. La vida económica del municipio gira en torno a la agricultura y el turismo de excursión principalmente, actividades muy susceptibles a ser afectadas por la actividad volcánica. En cuanto a lo político e institucional, el Plan Operativo (2016) para atender emergencias está elaborado por los actores externos, gobiernos estatales, federal y fuerzas armadas. Como veremos, la población percibe deficiencias y hay grupos sociales divergentes a la opinión mayoritaria y oficial sobre el asunto.

Así, ante una amenaza, la vulnerabilidad parece tener un peso especial (Wilches-Chaux, 1993), y ésta no sólo es la considerada por factores materiales y sociales, también se relaciona con realidades políticas, ideológicas y culturales. Esto último en el sentido de la posibilidad de voz y voto de la comunidad en cuestión, su capacidad de diálogo y negociación, por una parte. De otra, con su concepción del mismo riesgo, su origen y capacidad de asunción desde su cosmovisión, lo cual nos lleva de nuevo a la cultura y la confianza, relacionadas con las propuestas de Douglas (1996) cuando habla de aceptación del riesgo en el sentido de libertad y también de justicia, por lo que algo que ha de tenerse siempre en cuenta es la diferente percepción cultural, así como asunción del riesgo.

2. Dos miradas y un volcán

El artículo de Glockner “El sueño y el sismógrafo” (1996) sobre los sucesos de 1994 resume dos cosmovisiones enfrentadas: las de los tiemperos naturales del lugar y su sabiduría ancestral y tradicional y las de los vulcanólogos científicos y su inteligencia técnica, racional y moderna. En otro trabajo señala: “la actividad eruptiva del Popocatépetl iniciada en diciembre de 1994 puso al descubierto una profunda diferencia cultural en la apreciación del evento eruptivo mismo y en la valoración del riesgo al que estaban expuestas las localidades asentadas en sus laderas. Estas diferencias se produjeron entre la población campesina y sus especialistas en el control mágico-religioso del clima, por un lado, y entre la población urbana, el sistema nacional de protección civil y los vulcanólogos encargados del monitorear la actividad del volcán, por el otro” (Glockner, 2011: 485). Estas diferencias se pueden explicar a partir de los términos engagement y distanzierung (compromiso y distanciamiento) de Elias (1990). Formas opuestas para dotar de sentido a los riesgos y los desastres. Las comprometidas han existido desde siempre, son características –pero no exclusivas– de sociedades tradicionales y, aunque en tiempos recientes han tendido a debilitarse, siguen vigentes. Se asume que existe un vínculo entre el fenómeno natural y una fuerza sobrenatural. El ejemplo clásico en la cultura occidental es el diluvio universal: la gran inundación fue obra de Dios para castigar a la humanidad.

En el otro extremo, las formas de interpretación distanciadas. La sociedad contemporánea y el mundo de los “expertos” ha producido distanciamiento entre los fenómenos naturales y las comunidades. Con ayuda del desarrollo científico y tecnológico han debilitado diversas interpretaciones emocionales y comprometidas que se asignaban a los fenómenos naturales, y se han proclamado como aquellas formas capaces de reducir la vulnerabilidad de las comunidades y sociedades frente a los fenómenos naturales potencialmente peligrosos (Toscana, 2012).

En el caso del Popocatépetl, y tras un periodo de tranquilidad relativa, en 1994, 1997, 2000, 2005, 2011, 2013 y 2016 tuvieron lugar incidencias, fases y episodios eruptivos que llevaron a las autoridades a tomar medidas de evacuación en varias poblaciones de las proximidades, como los tres estados que rodean al volcán (Estado de México, Puebla y Morelos) con el objetivo de prevenir los posibles riesgos de dichos fenómenos. En el caso de Amecameca, en 1994 los pobladores hicieron una evacuación oficial, y en 2000 más bien se trató de una evacuación espontánea ante los eventos eruptivos, espoleados por los medios de comunicación, principalmente. Todo lo cual produjo, además de la visibilización de la insensibilidad e inoperancia del operativo en algunas circunstancias y poblaciones, otra cuestión que desde la protección civil no siempre ha sido tomada en cuenta: la diversidad de percepción y construcción del riesgo por parte de la población de la zona geográfica afectada (Macías, 1999). De hecho, se visibilizaron percepciones comprometidas y distanciadas sobre el riesgo que suponía la actividad volcánica: “una visión tecnocrática (por el uso de aparatos técnicos y científicos, la elaboración de mapas y planes operativos dirigidos por instituciones mayores) frente a una cosmovisión campesina, cuya comprensión debería ser abordada por el enfoque alternativo, que desafortunadamente no toma en cuenta” (Juárez Becerril, 2009: 29). Aquí aparecen las diferentes vulnerabilidades de Wilches-Chaux (1993), en especial la política, la institucional, la ideológica y la cultural y la importancia de los contextos, experiencias, memorias y elaboraciones culturales (Douglas y Wildavsky, 1983).

Veamos algunas opiniones de la población recogidas en entrevista. [2] “Cuénteme algo sobre los volcanes”. Un señor de 62 años relató: “El Popo se enoja porque le digan Goyo y no es Gregorio es Popocatépetl y le gusta que le digan así. Significa montaña humeante y tiene su rito, su respeto hacia él. Y afortunadamente dice el dicho aquí nací y no le tiene uno miedo, únicamente respeto. Y hay personas que van a venerarlo a las faldas y, como caminante que soy de esos bosques, le brindo respeto”. Otro de 68 años prosiguió: “Ahora ha vuelto a tener actividad porque hace fumarolas más seguido y ha aventado materia volcánica, ceniza y se oyen los bombazos, los tronidos. Se oye que truena por debajo de la tierra… hace años se fueron muchos de aquí porque tenían miedo que hiciera explosión”. Y otro más de 75 añade: “El Popo siempre ha estado latente… y los del pueblo se asustan… ahora tiene un respiradero más grande y luego se tapa”. En general este grupo etario en sus testimonios mostró respeto, así como también dieron muestras de cariño hacia el volcán, nunca miedo, atribuido a veces a otras personas. En ningún momento apareció en sus relatos la percepción de que el riesgo fuera a materializarse en desastre y en general narraron experiencias positivas, recuerdos entrañables de infancia o leyendas.

Otras entrevistas [3] aplicadas a la población y a la pregunta concreta de “¿Qué significa para usted vivir al lado de los volcanes?”. Varios respondieron: “Es bonito, pero algunas personas sienten temor. Yo he sentido temor por las fumarolas que saca y la lava, pues toda la gente se asusta” (mujer, 23 años). “Es un orgullo, una satisfacción y a la vez incertidumbre por la actividad volcánica” (mujer, 40 años). Si bien traspasa los objetivos de este trabajo, cabe mencionar que para la mayoría de la gente entrevistada los volcanes son belleza, armonía y tranquilidad, atracción turística, espectáculo paisajístico majestuoso y motivo de orgullo e identidad, además de los beneficios del agua para las cosechas. Pocos fueron los que hablaron de temor o peligro, más bien, todo lo contrario, proporcionan alegría y paz, a la vista y al corazón. Incluso, un responsable de protección civil de la entidad describió: “El corazón mismo. Representan la belleza natural que siempre ha hecho eco en el aspecto turístico y geográfico de toda la región”. Un cronista remarcó que el Popo y el Izta (Iztaccíhuatl) “juntos son el corazón de la región”. Lejos de ser un riesgo, los testimonios los consideran bellos, tranquilos y benéficos. La encuesta presentó 7% de población que los definió como dadores de agua y vida, entre otros.

Otra pregunta de esta misma entrevista ahondaba un poco más: “¿Qué significa el Popo para usted?”. Al respecto un hombre de 54 años afirmó: “El guardián de Amecameca. Nos resguarda de nuestra inconciencia, porque cuando hay actividad hasta los periodistas tiemblan y nos hace recordar nuestra vulnerabilidad… Su actividad es preventiva”. Mientras, otro de 32 años reconocía: “Un símbolo de un lugar hermoso y a la vez peligroso. Puede ser estresante pensar en la actividad volcánica, pero en general es tranquila”. El Popo es atractivo visual, tesoro del planeta, maravilla de la naturaleza, un símbolo identitario y de pertenencia, además proporciona agua y favorece la localidad y el entorno.

Un administrativo de protección civil reafirma la polémica en una pregunta, sobre si el volcán nos cuida o hemos de cuidarnos de él. Es más la profundiza y añade que “nosotros hemos de cuidar” al volcán. “El cuidado se lo debemos dar a don Goyo porque él nos está protegiendo de todos los fenómenos que aquejan a otras regiones desérticas. El cuidado que nosotros le debemos dar es siempre proteger su entorno, su ecología, para que siga cuidándonos también en el aspecto de ambiente”. Añade: “Sí nos cuida. Es una zona de bosque… un respiradero… y debemos cuidar la generación de los mantos acuíferos, la captación del agua, tanto de deshielos como de pluviales”. Nos cuida y debemos cuidarlo, lo cual es una relación clara entre el ser humano y la naturaleza, la conexión con la tierra. Un trabajador de turismo de la presidencia municipal contesta la misma pregunta: “Yo creo que nos cuida, cohabitamos con él… somos parte de él … no tendríamos por qué satanizarlo … . Yo no sé si cuidarlo, pero tampoco cuidarnos de él. Yo creo que es cohabitar con él, entenderlo, aprender a saber apreciarlo”. Lo manifestado resulta imprescindible en los últimos años, especialmente por las jóvenes generaciones del lugar que en parte parecen aumentar su distancia con la naturaleza y las cosmovisiones tradicionales en torno a ella.

Un cronista de Amecameca, al recordar en concreto las evacuaciones de 1994 y 2000, señala que “cuando empezó todo eso en el 94, en el 2000, hubo casos muy trágicos, incluso personas que salieron huyendo de Amecameca y que en el camino se accidentaron y murieron por eso, por el miedo que genera”. Considera que un volcán “es un ser vivo que se puede ubicar, se puede personificar, entonces puede ser un niño, un viejo, puede ser un joven, guerrero, una mujer muy guapa, una vieja, puede ser todo eso, pues está vivo”. También varios relatos entre los entrevistados apuntaron a los robos, otros se centraron en la exageración de los medios, ya que proliferan toda suerte de rumores y todo fomentó y ahondó en la incertidumbre ya de por sí natural en ciertos casos.

Por estas narraciones, y otras más, es posible entrever una cosmovisión diferente a la científico-técnica sobre los riesgos del volcán, así como con cierto desacuerdo de la de la política de protección civil. Incluso las declaraciones de graniceros/as [4] de Amecamenca apuntan en el sentido de considerar al volcán como guardián de la región e incluso del país, el cual les avisaría en el caso de una emergencia con riesgo real. El volcán más que una fuerza geológica es una divinidad y sólo la voluntad de Dios tiene el poder y sus designios son insondables. Recordemos que según la encuesta 2% de la población consultada afirma que el Popo es un espíritu guardián protector. En todo caso, y desde la mirada occidental y científica, se trataría en este caso de “negar el riesgo” (Fernández Fuentes, 1996), o quizás se podría hablar de una aceptación del riesgo en el sentido de adaptación cultural (Douglas, 1996). Esta disposición a aceptar el riesgo se ha observado en muchos pueblos y regiones diversas. De acuerdo con Cannon (2008), hay tal disposición por los beneficios que se obtienen del lugar donde se vive. Existe:

“un hondo sentimiento de resignación ante la actividad del volcán[…] poco favorable a la difusión de lo que se ha denominado ‘cultura de prevención’[…] los sueños de los tiemperos como recurso para evaluar la peligrosidad de la erupción fueron un factor de estabilidad emocional entre la población. Fue así porque siempre revelaron su contenido en el sentido de que la gente no debía abandonar sus casas, dejando la certidumbre en los tiemperos de que nada grave iba a suceder. El sueño, como fenómeno de una íntima individualidad, expresaba, simultáneamente, el deseo colectivo de no abandonar los pueblos, en consecuencia, fueron bien recibidos por la población” (Glockner, 2011: 493).

Eso sí, si bien en este trabajo hacemos énfasis en esa mirada y cosmovisión alternativa a la oficial, según los datos de la encuesta 45% dijo no sentir preocupación ante una posible emergencia, 41% afirmó que algo y 14% que mucho.

Estas personas, los graniceros, herederas de la tradición y que se comunican con el volcán afirman que él les avisaría, los visitaría como un viejito para darles el mensaje o a través de los sueños si realmente hubiera una erupción peligrosa para la población. Según la encuesta, 33% de las personas que dio su opinión sobre si el Popo nos cuida o hay que cuidarnos de él estuvo de acuerdo con la primera opción; en cambio, 47% suscribió la segunda. Entre la población existen opiniones diversas y encontradas que hay que tener en cuenta primero por respeto, y segundo para una posible aplicación de los planes de protección civil de manera afortunada en el caso que se requiera. Esto es importante porque el territorio es espacio de inscripción de la cultura y, dado que los riesgos y desastres tienen una dimensión espacial contundente, las políticas como las de protección civil que implican territorio deben tener en cuenta la cultura de la población a la cual se dirigen.

Finalmente, no es posible concluir esta parte sin traer de nuevo el asunto de la confianza en las autoridades responsables del tema por la importancia de la percepción del riesgo (Wynne, 1993, 1995). En este sentido, 53% de las personas consultadas en la encuesta juzgó de insuficiente la información de las autoridades sobre la actividad del Popo, ante 47% que dijo que era suficiente. Por otra parte, se cuestionó sobre si en momentos de exhalación y caída de cenizas la actuación de las autoridades había sido correcta y las medidas tomadas adecuadas: y la mitad exacta (50%) dijo que sí y la otra mitad que no. Con esto es posible afirmar la división y fragmentación de la opinión de la ciudadanía sobre el tema. Todo ello sin olvidar la importante desconfianza política local y en el país en general.

En el tema particular de los riesgos y desastres potenciales, la evacuación fallida de 1994 generó y aumentó la desconfianza en las autoridades. Esta evacuación masiva que se dio tras la reactivación del volcán, implicó a 75 mil habitantes de 16 comunidades en zonas consideradas de alto riesgo, y al no salir como se esperaba “puso en evidencia diversos problemas que se manifestaron en el cumplimiento parcial del objetivo de la evacuación, así como el surgimiento de fenómenos sociales que se ubicaron en línea contraria a la orden de desplazamiento preventivo decidido por las autoridades. Esas reacciones de los pobladores opuestas a la evacuación pueden considerarse como una fenomenología de la contra-evacuación" (Macías, 1999: 64). La evacuación tuvo lugar entre el 21 y el 22 de diciembre. Y hasta el 27 de diciembre la gente pudo regresar a sus comunidades sin que el volcán hubiera hecho erupción. Como en muchas de estas comunidades surgió rechazo por la evacuación (la gente no quería dejar sus pertenencias por miedo a robos), no fue bien aceptada y generó pérdida de legitimidad y desconfianza en las autoridades, incluidas las de protección civil. Además la evacuación y la estancia en los albergues tuvo una serie de complicaciones, ya que el plan estaba a medias (conocido como el “otro error de diciembre” o “el verdadero error de diciembre”), pero las autoridades no podían no hacer la evacuación, prefirieron eludir la amenaza, aunque eso tuvo un costo negativo (Macías, 1999). Veinte años después de que el volcán se reactivara, en 2013 hubo un simulacro de evacuación y se evidenciaron los mismos problemas que en las evacuaciones anteriores, uno de ellos la falta de coordinación entre las dependencias participantes. Esto quiere decir que en lo que se refiere a la vulnerabilidad institucional de la que habla Wilches-Chaux (1993) se sigue siendo vulnerable a pesar de los esfuerzos que se han hecho desde los organismos competentes.

Por otra parte, las declaraciones del personal de Protección Civil actual en Amecameca apuntan a que antes no estaban preparados y que ahora sí. Cada dos años realizan simulacros en todas las localidades alrededor del volcán y han sido satisfactorios, además sirven para ver si hay algún problema y subsanarlo. Todo el trabajo que se hace con los medios y en escuelas, con organizaciones y entre la población en general, ha creado un clima de comprensión del riesgo que, según ellos, los hace estar preparados hoy ante cualquier eventualidad que surgiera y no volver a tener las deficiencias de otras épocas, especialmente en 1994 y 2000.

Las autoridades están y han de estar pendientes del monitoreo del volcán y de desplegar las acciones de prevención necesarias en caso de contingencia, pero también deberían estar abiertas y ser sensibles de otras interpretaciones. Por ejemplo, muchas personas relataron en las entrevistas que en las dos evacuaciones anteriores ante el apremio del desalojo y el alarmismo de los medios se sucitó desorden y miedo, es más, varias personas acabaron malvendiendo sus propiedades y dejaron Amecameca. Afirman que el volcán siempre ha estado en actividad si bien es cierto que las fumarolas y explosiones se presentaron desde los noventa, pero sus abuelos recuerdan las de los veinte en las que tampoco pasó nada grave. Así que invitan, como se vio en algunos testimonios, a tener un acercamiento y comprensión más natural y satisfactoria con el Popo, en vez de preocuparse por desastres que parecen más propios de películas de terror y catastróficas, hoy tan de moda.

En lo que respecta a desastres, lo que sí es cierto son los problemas que varios testimonios narran en las entrevistas. Más destacados que el tremendismo de una gran erupción, nos referimos a los problemas medioambientales, la falta de agua, la deforestación, el desempleo y la deserción del trabajo agrícola, la migración y la urbanización de la zona, incluso la delincuencia e inseguridad que dicen se vive en la actualidad y que antes era inaudita.

Reflexiones finales

“Aquí se advierte una diferencia radical en la apreciación del riesgo para muchos campesinos. Se trata de un asunto imprevisible de carácter trascendente: la voluntad del Padre Eterno; para los vulcanólogos, las autoridades y la gente de la ciudad, de un asunto inmanente de la naturaleza cuya predicción es posible alcanzar con un equipo técnico. Las experiencias y convicciones de unos resultan absurdas para los otros: la insensatez que un geólogo podría ver en los sueños de un tiempero como método para evaluar el riesgo es proporcional al que un conjurador atribuye a un conjunto de aparatos con los que se pretende calcular el peligro de una explosión para uno es mera fantasía, para el otro es un juego pretencioso en el que se intenta tomarle el pulso a Dios” (Glockner, 2012: 267).

Quizá habría que fomentar el diálogo entre los graniceros o trabajadores del temporal y los expertos vulcanólogos en una suerte de negociación y entendimiento para determinadas situaciones que técnicamente parezcan presentar un riesgo para la población y la supuesta necesidad de evacuación, desde la mirada de los segundos. También que los primeros informen a los segundos si en apariciones o ensoñaciones reciben señales de posibilidad de riesgo antes o en paralelo de las señales sismológicas provocadas por el coloso. En este sentido, es importante mencionar que la política de la protección civil es acultural. Se ha elaborado desde los centros urbanos de conocimiento, en donde se ignora con frecuencia a los actores rurales, locales, incluso sus formas comprometidas de interpretar riesgos y desastres. Por poner un ejemplo, el Plan Operativo Popocatépetl involucra a los gobiernos municipales, pero en actividades que se limitan a seguir instrucciones externas procedentes de los encargados del Sistema Nacional de Protección Civil y de los sistemas estatales y quedan al margen de la toma de decisiones, además de otros niveles locales como las comunidades que forman parte de los municipios y al mismo tiempo están fuera de la cabecera municipal, de las cuales no se incluye a ningún actor. De hecho, y como confiesan las autoridades de Protección Civil de Amecameca, no hay contacto con los graniceros porque consideran que son personas cerradas o reservadas.

Análisis prospectivo

Para finalizar, y realizando un ejercicio de prospectiva sociológica, cabe decir que la actividad volcánica del Popocatépetl va a continuar en el corto, mediano y largo plazo. Cada vez habrá más conocimientos y avances tecnológicos disponibles para un mejor monitoreo y su interpretación. A partir de esto las autoridades gubernamentales tendrán mayor información y contarán con mayor posibilidad de comprender y no descalificar otros discursos. Así, la política de protección civil avanzará en cuestiones técnicas, pero desde las ciencias sociales habrá insistencia en que incorpore en su diseño y actúe considerando las diferencias y particularidades socioculturales de cada región. En este punto conviene remarcar la necesidad de un enfoque interdisciplinario, así como el abocarse tanto a problemáticas de las sociedades modernas como también de todas las que forman parte del mosaico cultural de México (Juárez Becerril, 2009). Además, es también importante ampliar la reflexión en torno a riesgo-desastre y la comprensión más global del fenómeno (Macías, 1993).

Entre los pobladores de Amecameca, la tendencia de mirar al Popocatépetl con distanciamiento irá en aumento y también el respeto que se le tiene como un elemento del paisaje dador de vida, fuente de agua y de oxígeno. Cada vez habrá mayor conciencia social sobre la problemática ambiental y las preocupaciones se centrarán en este punto, así como en el desempleo y la inseguridad más que en el riesgo volcánico.

En la actualidad que tanto se habla de pluralidad y reconocimiento de distintos saberes desde las teorías de las ciencias sociales, así como de respetar las diferencias culturales desde la vigencia de los derechos humanos, estaría bien poner todo esto en práctica en los casos que se considere, sea quien sea que lo considere, cuando este intercambio y colaboración lo amerite.

Referencias

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Notas

[1] La encuesta contó con un tamaño de muestra de 384 casos, un margen de error de + - 5 y un nivel de confianza de 95%. Se aplicó en febrero de 2014 entre la población de mayor edad, mitad hombres y mitad mujeres y un tercio de personas de 18 a 34 años, otro de 35 a 49, y finalmente de 50 y más años. El nivel de ingresos declarado fue medio y bajo. El grado de escolaridad mayoritario fue secundaria, bachillerato y primaria. Aquí sólo se presentan algunos datos con objeto de contextualizar el tema abordado (Fernández Poncela y Vázquez Espinosa, 2015).

[2] Se trató de solicitar varias narrativas abiertas a personas mayores de más de 50 años respecto al conocimiento y experiencia sobre el volcán (entrevistas aplicadas en 2013 y 2014).

[3] Se aplicaron entrevistas semiestructuradas entre la población en general (2012, 2013 y 2014).

[4] Los graniceros son “intermediarios entre los hombres y los seres sobrenaturales que habitan y gobiernan los fenómenos naturales” (Glockner, 2011: 488).

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